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EL IMPERIO ESTADOUNIDENSE DE LAS BASES

Chalmers Johnson
Febrero 2004

 
 
 
 

A diferencia de otros pueblos, muchos estadounidenses no reconocen --o no quieren aceptar-- que Estados Unidos domina el mundo por medio de su fuerza militar. Gracias al secretismo del gobierno, nuestros ciudadanos suelen ignorar el hecho de que nuestras guarniciones rodean el planeta. Esta vasta red de bases estadounidenses establecidas en todos los continentes, con excepción de la región Antártica, constituye en realidad una nueva modalidad de Imperio --un Imperio cuya geografía es muy improbable que se enseñe en las clases de geografía en las escuelas de secundaria--. Sin comprender las dimensiones de este cinturón de bases que rodean el globo, no se puede empezar a entender las dimensiones y naturaleza de nuestras aspiraciones imperiales o el grado en que el nuevo militarismo está minando nuestro orden constitucional.

Nuestro ejército despliega más de medio millón de soldados, espías, técnicos, instructores, auxiliares y contratistas civiles en otros países. Para dominar los océanos y mares del mundo hemos puesto en funcionamiento aproximadamente trece destacamentos de fuerzas navales alrededor de portaaviones cuyos nombres resumen nuestra carrera marcial- Kitty Hawk, Constellation, Enterprise, John F. Kennedy, Numitz, Dwight D. Eisenhower, Carl Vinson, Theodore Roosvelt, Abraham Lincoln, George Washington, Harry S. Truman y Ronald Reagan. Operamos en numerosas bases secretas fuera de nuestro territorio para acechar lo que las gentes del mundo --incluidos nuestros propios ciudadanos--, se dicen, se comunican por fax, o por correo electrónico unos a otros.

Nuestras instalaciones en el exterior proporcionan beneficios a las industrias civiles que diseñan y fabrican armas para nuestros ejércitos o, como la ahora bien publicitada compañía Kellogg, Brown & Root, una filial de Halliburton Corporation de Houston, que ha obtenido un contrato de servicios para construir y mantener nuestros más lejanos puestos avanzados. Una de las tareas de tales contratistas es el mantener a los miembros uniformados del Imperio alojados en dependencias confortables, bien alimentados, entretenidos, y facilitarles agradables y económicas instalaciones de vacaciones. Sectores enteros de la economía estadounidense han llegado a depender del ejército para sus ventas. En vísperas de la segunda guerra contra Irak, por ejemplo, al mismo tiempo que el Departamento de Defensa hacía pedidos extra de misiles de crucero y de proyectiles de uranio enriquecido anti-tanques, compraba 273.000 envases de protector solar Native Tan, casi el triple de sus pedidos de 1999 y, sin duda, un buen negocio para el proveedor, la compañía Control Supply de Tulsa, Oklahoma, y de su subcontratista, Sun Fun Products de Daytona Beach, Florida.

AL MENOS SETECIENTAS BASES EN EL EXTERIOR

No resulta sencillo evaluar el tamaño y el valor de nuestro imperio de bases. Los informes oficiales sobre estos asuntos son engañosos, aunque instructivos. De acuerdo con el anuario del Departamento de Defensa, "Base Structure Report", correspondiente al ejercicio de 2003, que detalla el patrimonio inmobiliario del ejército de EEUU en el interior y el exterior, actualmente el Pentágono tiene en propiedad o alquiler 702 bases en el exterior, en cerca de 130 países, y "TIENE" otras 6.000 en EE.UU y sus territorios. Los burócratas del Pentágono calculan que se necesitan por lo menos 113.200 millones de dólares para sustituir sólo las bases en el exterior --seguramente una estimación muy baja pero mucho más alta que el producto nacional bruto de muchos países--, y estiman en 591.520 millones la cantidad necesaria para reemplazarlas en su totalidad. El Alto Mando del ejército despliega en nuestras bases exteriores a unas 253.288 personas uniformadas, a las que hay que añadir un número similar de familiares y funcionarios civiles del departamento de Defensa. Así mismo, emplea además a 44.446 extranjeros locales contratados. El Pentágono afirma que en esas bases existen 44.870 cuarteles, hangares, hospitales y otros edificios de su propiedad y que tiene 4.844 más en arrendamiento.

Estos números, aunque asombrosamente altos, ni tan siquiera se aproximan al total de bases que en realidad ocupamos en el mundo. El Informe de 2003 sobre la situación de las bases no menciona, por ejemplo, ninguna guarnición en Kosovo --incluso cuando allí se encuentra el enorme Camp Bondsteel, construido en 1999 y de cuyo mantenimiento se ocupa desde entonces Kellogg, Brown & Root--. El Informe también omite las bases en Afganistán, Iraq, Israel, Kuwait, Kirgizistán, Qatar y Uzbekistán, aunque el ejército de EEUU ha instalado bases gigantescas a lo largo del llamado arco de inestabilidad en los dos años y medio desde el 11 de septiembre.

En el caso de Okinawa, la isla más meridional de Japón --que ha sido, desde hace 58 años, una colonia estadounidense--, el informe, engañosamente, sólo reseña una base de la Marina, Camp Butler, cuando en realidad Okinawa acoge diez bases de destacamentos de marines, entre las que se encuentra la Marine Corps Air Station Futenma, que ocupa 480 Ha en el centro de la segunda ciudad más importante de esa pequeña isla (el Central Park de Manhattan, en comparación, tiene una superficie de 340 Ha). Análogamente, el Pentágono oculta las instalaciones militares y de espionaje en el Reino Unido que cuestan 5.000 millones de dólares, y que desde hace mucho tiempo han sido convenientemente camufladas como bases de la Royal Air Force. Si se hiciera un recuento veraz, el tamaño de nuestro imperio militar, probablemente, alcanzaría las 1.000 bases en el extranjero, pero nadie --es muy posible que ni el propio Pentágono-- conoce el número exacto con seguridad, aunque es claro que ha ido creciendo en los años recientes.

Para sus ocupantes, no resultan lugares desagradables para vivir y trabajar. El servicio militar hoy que es voluntario, apenas tiene relación con las obligaciones de un soldado durante la II Guerra Mundial, o en las guerras de Corea o Vietnam. La mayoría de las tareas rutinarias como la lavandería, las cocinas militares, el correo, o la limpieza de las letrinas han sido subcontratadas a compañías privadas de servicios militares como Kellogg, Brown & Root, DynCorp, y la Vinnell Corporation. Una tercera parte de los fondos asignados recientemente para la guerra de Iraq (cerca de 30.000 millones de dólares), por ejemplo, ha ido a parar a manos de empresas privadas estadounidenses por la prestación de esos servicios. Se hace todo lo posible para hacerles la vida diaria semejante a la versión que da Hollywood de la existencia en casa. Según el Washington Post, en Fallujah, al oeste de Bagdad, camareros con camisa blanca, pantalones y pajarita negros, sirven las comidas a los oficiales de la 82 División Aerotransportada en su bien fortificado recinto, y el primer Burger King se ha emplazado ya en el interior de la enorme base militar que hemos instalado en el aeropuerto internacional de Bagdad.

Algunas de esas bases son tan gigantescas que precisan de más de nueve carreteras interiores para los autobuses de los soldados y de los civiles contratados para desplazarse por el interior y sortear los arcenes de barro y las alambradas. Es el caso de Camp Anaconda, cuartel general de la 3ª Brigada de la 4ª División de Infantería, cuya misión es la de vigilar unos 3.885 kilómetros cuadrados de Iraq, al norte de Bagdad, desde Samarra hasta Taji. Anaconda ocupa 25 kilómetros cuadrados y al final acogerá a más de 20.000 soldados. A pesar de las enormes medidas de seguridad, la base ha sufrido frecuentes ataques de morteros, en particular el producido el 4 de julio de 2003, mientras Arnold Schwarzenegger conversaba con nuestros heridos en el hospital de la base.

Los militares prefieren bases que recuerdan a las pequeñas ciudades fundamentalistas del Bible Belt [Estados protestantes ultraconservadores, N. del T.] en lugar de a las grandes ciudades de los Estados Unidos. Por ejemplo, aunque más de 100.000 mujeres viven en nuestras bases en el exterior --incluidas las mujeres que prestan servicio militar, las mujeres y familiares del personal militar--, el aborto en un hospital militar está prohibido. Aunque anualmente se producen unas 14.000 agresiones sexuales --o intentos-- en el ejército, las mujeres que quedan embarazadas en el exterior y quieren abortar no tienen otra elección que recurrir a los servicios locales, lo que no resulta fácil ni agradable en Bagdad o en otros lugares de nuestro Imperio en la actualidad.

Nuestros misioneros armados viven en un mundo cerrado, autosuficiente, que dispone de su propia línea aérea --la Air Mobility Command con su flota de gran autonomía de vuelo, compuesta de los C-17 Globemasters, los C-5 Galaxies, C-141 Starlifters, KC-135 Stratotamkers, KC-10 Extenders y C-9 Nightingales que enlazan nuestras más alejadas avanzadillas desde Groenlandia a Australia--. Naturalmente, para los generales y almirantes el ejército proporciona 61 Learjets, 13 Gulfstream III y 17 Cessna Citation, jets de lujo para transportarles a lugares como el centro de vacaciones y esquí de las fuerzas armadas en Garmisch (Alpes bávaros) o a cualquiera de los 241 campos de golf que el Pentágono ofrece en todo el mundo. El Secretario de Defensa, Donald Rumsfeld vuela a todas parte en su propio Boeing 757, denominado C-32 en la Fuerza Aérea.

NUESTRA "HUELLA" EN EL MUNDO

De todas las metáforas faltas de sensibilidad pero gráficas que hemos incorporado a nuestro vocabulario, ninguna es comparable a "huella" para describir el impacto militar de nuestro Imperio. El presidente de la Junta de Personal, General Richard Myers, y miembros destacados del Subcomité de Construcciones Militares del Senado como Dianne Feinstein (Demócrata por California) son aparentemente incapaces de completar una frase sin usarla. Dejar una huella todavía más impresionante se ha convertido en parte de la nueva justificación para ampliar más nuestro Imperio --y la anunciada redistribución de nuestras bases y fuerzas en el exterior-- aprovechando la estela de nuestra conquista de Iraq. La persona responsable de este proyecto es Andy Hoehn, subsecretario de Defensa para asuntos de estrategia. Él y sus colegas se supone que van a diseñar los planes para poner en marcha la estrategia bélica del presidente Bush contra los "estados canalla", "los tipos malvados" y los "hacedores del mal". Ellos han identificado algo que denominan "el arco de inestabilidad", es decir: el que va desde la región andina (léase: Colombia), atraviesa el Norte de África y desde allí recorre el Oriente Próximo hasta llegar a Filipinas e Indonesia. Por supuesto, coincide más o menos con lo que se acostumbra a denominar el Tercer Mundo- y, quizás lo que no menos importante, cubre las reservas principales de petróleo del mundo. Hoehn afirma: "Cuando se superpone nuestra huella sobre esa zona, no parece que nos encontremos bien situados para ocuparnos de los problemas que ahora tenemos que afrontar".

En otro tiempo, se podía trazar la extensión del imperialismo contando las colonias. La versión estadounidense de las colonias son las bases militares. Observando los cambios políticos en términos mundiales, se puede aprender mucho acerca de nuestra actitud imperialista y del militarismo que crece con ella. El militarismo y el imperialismo son hermanos siameses unidos por la cadera. Cada uno se desarrolla con el otro. Ya muy avanzados en nuestro país, ambos están a punto de dar un salto cuántico que, casi con seguridad, extenderá nuestro ejército más allá de su capacidad, causando una insolvencia fiscal y muy posiblemente produciendo un daño mortal a nuestras instituciones republicanas. El único medio de tratarlo en nuestra prensa es mediante reportajes sobre los muy secretos planes para cambiar las políticas en materia de bases y la situación de nuestras tropas en el exterior- y esos planes, tal como se han anunciado en los medios de comunicación, no pueden juzgarse por las apariencias.

El General de Brigada de Marina, Mastin Robeson, que está al mando de nuestros 1.800 soldados en la antigua base de la Legión Extranjera Francesa Camp Lemonier en Djibuti, a la entrada del Mar Rojo, afirma que para poner en marcha "guerras preventivas" necesitamos una "presencia mundial", lo que quiere decir obtener la hegemonía en los lugares que todavía no se encuentran bajo nuestro dominio. Según el ultraderechista American Enterprise Institute, se trata de crear una "caballería mundial" que pueda arremeter desde "lugares fronterizos" y "barrer a tiros" a los "tipos malos" en cuanto dispongamos de información sobre ellos.

"NENÚFARES" EN AUSTRALIA, RUMANIA, MALI, ARGELIA...

Para situar nuestras fuerzas armadas cerca de los puntos calientes o zonas peligrosas de este recién descubierto arco de inestabilidad, el Pentágono ha propuesto --generalmente lo denomina "reposicionar"-- nuevas bases, que incluyen al menos cuatro o quizás seis bases permanentes en Irak. Algunas de ellas están ya en construcción- en el aeropuerto internacional de Bagdad; la base aérea de Tallil cerca de Nasariya; en el desierto occidental al lado de la frontera con Siria, y un aeródromo en Bashur en la región kurda del norte. (No se cuenta la antes mencionada de Anaconda, que en la actualidad se considera una "base de operaciones", aunque es muy previsible que pueda establecerse con carácter permanente). Además, planeamos mantener bajo control el cuadrante norte de Kuwait --4.144 kilómetros cuadrados del total de 17.871 kilómetros cuadrados del país-- que usamos ahora para el abastecimiento de nuestras legiones en Iraq y como Zona Verde para el descanso de los burócratas.

Otros países, que Colin Powell ha mencionado como sedes de nuestra nueva "familia de bases" son: en las zonas empobrecidas de la "nueva" Europa: Rumania, Polonia y Bulgaria; en Asia: Pakistán (donde ya tenemos cuatro), India, Australia, Singapur, Malasia, Filipinas e incluso, por increíble que parezca, Vietnam. En el Norte de África: Marruecos, Túnez y, especialmente, Argelia (escenario de la matanza de unos 100.000 civiles desde 1992, cuando, para anular las elecciones, los militares tomaron el poder con el apoyo de nuestro país y de Francia); en África occidental: Senegal, Ghana, Mali y Sierra Leona (aunque ha sido destrozada por la guerra civil desde 1991). El modelo para esas bases nuevas, de acuerdo con fuentes del Pentágono, lo constituye la cadena que hemos establecido alrededor del Golfo Pérsico durante las últimas dos décadas, en autocracias tan antidemocráticas como Bahrein, Kuwait, Qatar, Oman y los Emiratos Árabes Unidos.

La mayoría de estas nuevas bases constituirán lo que el ejército, en una deliciosa metáfora, denomina "nenúfares" a las que nuestras tropas podrán saltar como ranas muy bien armadas desde la patria, desde nuestras bases en la OTAN, o desde las situadas en dóciles satélites como Japón y el Reino Unido. Para contrarrestar los gastos que ocasiona semejante expansión, el Pentágono ha filtrado sus planes de cerrar muchas de las enormes reservas militares de la Guerra Fría situadas en Alemania, Corea del Sur y, quizás, Okinawa como parte de la "racionalización" de nuestras Fuerzas Armadas que propone Rumsfeld. En vísperas de la victoria en Iraq, los Estados Unidos retiraron virtualmente todas sus fuerzas de Arabia Saudí y Turquía, en cierta manera como castigo por no apoyar la guerra con fuerza suficiente. Se quiere hacer lo mismo en Corea del Sur --quizás, en estos momentos, la democracia más antiestadounidense de la tierra--, desde la que se podría liberar a la 2ª División de Infantería situada en la zona desmilitarizada con Corea del Norte para su probable despliegue en Iraq donde nuestras fuerzas se encuentran significativamente sobrecargadas.

En Europa, las previsiones incluyen el abandono de algunas bases en Alemania, también como respuesta al desafío popular del Canciller Gerhard Schröder con relación a Iraq. Pero el grado que seamos capaces de alcanzar puede tener sus límites. En un primer nivel, los planificadores del Pentágono no parece que conozcan con exactitud cuántos edificios ocupan sólo en Alemania los 71.702 soldados y pilotos, y cuánto costaría recolocar a la mayoría de ellos y construir bases ligeramente comparables, junto con las infraestructuras necesarias, en los antiguos países comunistas como Rumania, uno de los países más pobres de Europa. Amy Ehman, teniente coronel destacada en Hanau, Alemania, ha declarado a la prensa que en Rumania, Bulgaria o Djibuti "no hay sitio para llevar a esta gente", y predice que el 80% permanecerá, finalmente, en Alemania. También es cierto que los generales del Alto Mando no tienen intención de vivir en remansos de paz como Constanza en Rumania, y mantendrán el Cuartel General en Stuttgart, conservarán las Bases de la Fuerza Aérea en Ramstein y Spangdahlem así como el área de entrenamiento de Grafenwöhr.

Una de las razones por las que el Pentágono está estudiando el abandono de democracias ricas como Alemania y Corea del Sur, y mira codiciosamente hacia las dictaduras militares muy pobres es por las ventajas de lo que el Pentágono llama sus "leyes ambientales más permisivas". El Pentágono siempre impone a los países en los que despliega nuestras fuerzas armadas los llamados Acuerdos sobre el Estatuto de las Fuerzas estadounidenses, en los que normalmente se exime a los Estados Unidos de la obligación de limpiar o pagar los daños que causa al medio ambiente. Este es un agravio permanente en Okinawa, donde el historial medioambiental ha sido abominable. Una razón de esta actitud es sencillamente el deseo del Pentágono de situarse al margen de cualquier control de los que rigen la vida civil, actitud que también va incrementándose en "casa". Por ejemplo, el proyecto de ley de Defensa con un total de 401.300 millones para 2004, que el Presidente Bush convirtió en ley en noviembre de 2003, exime al ejército de la obligación de respetar la Ley de Especies en Peligro de Extinción y la Ley de Protección a los Mamíferos Marinos.

Mientras hay razones para creer que el impulso de establecer más "nenúfares" en el Tercer Mundo permanece incuestionado, existen varios motivos para dudar de que alguno de los proyectos más grandiosos, sea de expansión sea de reducción de tamaño, puedan llevarse a la práctica o, si se hace, no sirvan sino para empeorar el problema del terrorismo. En primer lugar, Rusia se opone a la expansión del poder militar de EEUU hacia sus fronteras y ya está tomando medidas para evitar el establecimiento de bases en lugares como Georgia, Kirguizistán y Uzbekistán. La primera base aérea rusa de la era postsoviética en Kirguizistán se ha instalado a cuarenta millas de la base estadounidense de Bishkek, y en diciembre de 2003, el dictador de Uzbekistán, Islam Karimov, declaraba que no permitiría un despliegue permanente de fuerzas estadounidenses en su país, aunque ya tenemos una base allí.

Cuando se trata de recortes, por otra parte, la política interna puede entrar en juego. Por ley, la Comisión del Pentágono para el Realineamiento y Cierre de Bases debe enviar a la Casa Blanca su quinta y última lista de bases domésticas antes del 8 de septiembre de 2005. Como medida de racionalización, el Secretario de Estado de Defensa, Rumsfeld, ha afirmado que le gustaría desprenderse de, al menos, una tercera parte de las bases de las Fuerzas Armadas en el interior del país y una cuarta parte de las pertenecientes a las Fuerzas Aéreas interiores, lo que con toda seguridad va a producir una tormenta política en la colina del Capitolio. Con el fin de salvaguardar las bases sitas en sus estados, las dos gallinas cluecas del subcomité del Senado para la Financiación y Construcción Militar, Kay Bailey Hutchison (Senadora por Texas) y Dianne Feinstein, exigen que el Pentágono cierre en primer lugar bases en el exterior y traslade las tropas destacadas allí a las bases en el interior, que podrían entonces continuar abiertas. Hutchison y Feinstein han incluido en la Ley de Financiación Militar para el ejercicio 2004 un presupuesto para crear una comisión independiente que investigue e informe sobre las bases en el exterior que ya no son necesarias. La Administración de Bush se opuso a esta provisión de la Ley, pero fue aprobada y promulgada por el Presidente, el 22 de noviembre de 2003. El Pentágono, probablemente, es suficientemente experto para obstaculizar la Comisión, pero una oleada de protestas internas por el cierre de bases asoma claramente por el horizonte.

El mayor defecto, con mucho, en la estrategia de "caballería mundial", no obstante, es que acentúa el impulso de Washington de aplicar soluciones militares irrelevantes contra el terrorismo. Como ha indicado el destacado historiador militar británico, Correlli Barnett, los ataques de EE.UU. a Afganistán e Irak sólo han servido para aumentar las amenazas de al-Qaeda. Desde 1993 hasta los atentados del 11 de septiembre de 2001 se produjeron cinco grandes atentados de al-Qaeda en todo el mundo; en los dos años transcurridos desde entonces, ha habido diecisiete atentados con bomba, incluidos los atentados suicidas en Estambul contra el Consulado británico y el Banco HSBC. La solución contra los terroristas no pasa por operaciones militares. Según ha dicho Barnett, "En lugar de ir destrozando a patadas las puertas de las casas y de atentar contra sociedades antiguas y complejas con la panacea simplista de 'democracia y libertad' necesitamos tácticas astutas y sutiles, que se basen en un conocimiento profundo de los pueblos y de las culturas con las que estamos tratando- una comprensión de la que hasta ahora carecen totalmente los artífices de las políticas de alto nivel en Washington, y de forma particular en el Pentágono".

En su notorio memorando sobre Iraq, del 16 de octubre de 2003, titulado "Un largo y costoso trabajo", el Secretario de Defensa, Donald Rumsfeld, escribía: "Hoy carecemos de baremos de referencia para conocer si estamos ganando o perdiendo la guerra mundial contra el terror". Los que tiene Correlli Barnett indican lo contrario. Pero la "guerra contra el terrorismo" es, en el mejor de los casos, sólo una pequeña parte de los motivos de nuestra estrategia militar total. La razón verdadera para construir este nuevo anillo de bases americanas a lo largo del Ecuador es la de expandir nuestro Imperio y reforzar nuestro dominio militar sobre el mundo.